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Claves para el buen trato en la Educación Parvularia

En este primer nivel educativo la convivencia no es un aspecto accesorio ni secundario: es el tejido que sostiene la experiencia educativa. En cada interacción cotidiana en la acogida, el juego, las rutinas de cuidado o el encuentro con las familias se configuran formas de relación que inciden profundamente en el bienestar y desarrollo integral de niñas y niños.

La convivencia educativa puede entenderse como el conjunto de relaciones que se construyen al interior de la comunidad del jardín infantil, constituyéndose en el primer espacio público donde la niñez comienza a ejercer su ciudadanía. En este sentido, no solo remite a normas o acuerdos, sino a una experiencia vivida que se expresa en prácticas concretas de respeto, reconocimiento y participación.

Desde esta perspectiva, el buen trato se configura como un principio orientador que interpela a los equipos a desplegar una sensibilidad educativa capaz de acoger, interpretar y responder de manera pertinente a las necesidades, intereses y emociones de cada niño y niña. Así, la pedagogía en este nivel se concibe como un encuentro profundamente humano, donde se construyen vínculos significativos en un entorno que resguarda la dignidad y promueve la autonomía progresiva.

A continuación, se proponen cuatro claves que permiten comprender cómo este enfoque se encarna en la vida cotidiana de los jardines infantiles.

Acoger y despedir: la importancia de los umbrales cotidianos

Los momentos de ingreso y salida del jardín infantil constituyen verdaderos umbrales relacionales. En ellos se juega la posibilidad de construir confianza y seguridad desde el inicio de la jornada. Una acogida que reconoce a cada niña y niño en su singularidad, que se detiene a escuchar y validar sus emociones, habilita entonces condiciones para una participación más plena durante el día.

Del mismo modo, la despedida no solo marca un cierre, sino que ofrece una oportunidad para resignificar la experiencia vivida, compartir logros y fortalecer la continuidad del vínculo con las familias, en un clima de respeto y cercanía.

Habitar experiencias educativas: juego, exploración y protagonismo

El aprendizaje en la primera infancia se despliega en la experiencia del juego. En este marco, las interacciones pedagógicas adquieren un carácter intencionado, orientadas a generar ambientes que inviten a niñas y niños a explorar, crear y participar desde sus propios intereses y necesidades.

El aula y los espacios exteriores se configuran como escenarios pedagógicos. Mientras en el aula se puede promover la toma de decisiones y la construcción compartida de significados, el entorno al aire libre de alguna manera amplía las posibilidades de movimiento, juego y conexión con la naturaleza, favoreciendo experiencias de libertad, bienestar y descubrimiento en un contexto inclusivo.

Cuidar como acto pedagógico: rutinas que construyen bienestar

Las rutinas de alimentación, higiene y descanso constituyen instancias privilegiadas para el aprendizaje y la construcción de vínculos seguros.

Desde un enfoque de derechos, estos momentos invitan a reconocer los ritmos y particularidades de cada niño y niña, promoviendo su autonomía en un ambiente de respeto.

Comer sin apuro, acompañar los procesos de higiene con sensibilidad y ofrecer condiciones de descanso que resguarden tanto la calma como la diversidad de necesidades, son prácticas que configuran experiencias de cuidado significativas.

Tejer comunidad: la vinculación con las familias como horizonte compartido

La convivencia en el jardín infantil se fortalece cuando se reconoce a las familias como protagonistas del proceso educativo. Su participación activa no solo enriquece la experiencia de niñas y niños, sino que también contribuye a construir sentidos compartidos en torno al cuidado, el aprendizaje y la crianza.

Establecer vínculos horizontales, basados en la confianza y la reciprocidad, implica valorar sus saberes, trayectorias e historias, e integrarlas en la construcción de acuerdos de convivencia y proyectos educativos. De este modo, se configura una comunidad que aprende y se transforma de manera conjunta.

En definitiva, cuando la convivencia se sustenta en el buen trato, la empatía y el reconocimiento mutuo, el jardín infantil se convierte en un espacio donde niñas y niños no solo aprenden en un entorno seguro, sino también formas de estar bien con otras personas. En esa experiencia cotidiana, se siembran las bases para una ciudadanía más respetuosa, inclusiva y consciente.

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